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Raza inferior
 
 
 
 
 
 
 
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15 de Noviembre de 2009

Imagen activaTodos los días antes de las ocho de la mañana, en los aledaños de los bloques del Guadalquivir, los hombres de la raza inferior, es decir: negros, moros y blancos pobres, sacan sus mercancías de un local comercial y se encaminan hacia la Calzada o hacia los mil cruces de calles que llevan a la plaza.

Jota Siroco.-Los hombres de la raza inferior, en este caso negros, hablan entre si un idioma endemoniado del que aún no he aprendido ni media palabra, ¡qué digo palabra?, ni media consonante. Pero cuando les saludo, ellos, desde la dignidad más acogedora, me responden en un español gutural que han aprendido en poco menos de dos meses. Los hombres de la raza inferior me sacan como poco 40 centímetros de altura, no lucen michelines cerveceros, hablan dos idiomas y alguno es hasta ingeniero, por eso a veces me apetecería ser un hombre de la raza inferior.

De pronto, camino de La Gitana, ellos con sus bolsas de cuadros y yo con la barra de pan, nos vimos rodeado por la policía; como yo era de la raza superior y tenía la documentación en regla, por esa lotería de haber nacido cuarenta kilómetros por encima Tánger, me quedé quieto.

A mi lado, atemorizados, dos o tres muchachos de la “raza inferior” intentaban recoger a toda prisa su mercancía. ¡Demasiado tarde! Los muchachos de la raza inferior, que como ya he dicho miden algo así como uno noventa y hablan dos idiomas, sólo intentaban vender algunos bolsos. “La mercancía queda decomisada”, dijo el jefe del pelotón, escuadra o como quiera que se llame. Uno de los inferiores le contestó en castellano que era lo único que tenían para vivir. El jefe de los maderos insistió y dijo que cumplían órdenes: “cumplimos ordenes”, así, sin más. Otro de los inferiores le preguntó algo en suajili, la autoridad no entendió ni papa.

Ese mismo sábado por la noche los muchachos de la raza superior, allí no había ni negros, ni moros, ni blancos pobres, se encaminaban cargados de alcohol, de tabaco y otras hierbas, hacia los bares, presuntamente, sin licencia de la Victoria para hacer un botellón, ilegal de todas todas, ante el sobresalto inútil y eterno de los vecinos. Sí, efectivamente la policía apareció, pero ni decomisaron mercancía alguna, ni cerraron los bares ilegales, pues por lo visto “no tenían órdenes”.

Uno empieza a no saber a qué carta quedarse, porque todo empieza a moverse en el magma del capricho o en el desprecio al débil. Cualquier día de estos, a mi que soy pobre y por tanto de la raza inferior, me decomisan un artículo de estos y me tiran al río. ¡Mejor no dar ideas que con esto del cambio de horas anda la gente un poco nerviosita!

 
 
 
 

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